La vida no es luchar. Imagina un campo de batalla donde existen dos grupos dispuestos a enfrentarse. Uno de ellos es de color rosa y el otro viste de color azul.             

Ahora, piensa que te obligan a estar en esa pelea, aunque no quieras pelear, pero no te quedase remedio, ya que es tu supervivencia la que está en juego.

En adición, visualiza las piezas azules como emociones, pensamientos y sentimientos desagradables y agradables.

Entre todos esos integrantes del equipo están tu dolor, tus miedos, pero también tus momentos alegres y tu felicidad.

Es decir, en cada equipo, tanto en el rosa como el azul existen piezas positivas y negativas y algunas de ellas empiezan a luchar ferozmente por imponerse ante las otras.

Imagina al miedo luchando y atemorizando al amor hasta la extenuación.

Por otra parte, trata de pensar en esta batalla de forma que puedas ver estas piezas destrozándose entre ellas, saltando por los aires.

Incluso esas que aparentemente son positivas, pero se ven obligadas a luchar para sobrevivir.

Ahora trata de salirte del juego.

En consecuencia, intenta salirte del juego como si alguien pudiera sacarte del centro de la batalla salvaje y te elevase unos 50 metros por encima de ella.

De forma que, puedas visualizar perfectamente el campo de batalla sin tener que identificarte con esa lucha.

De esto trata, en parte, el entrenamiento mental en aceptación y compromiso (ACT) que enseño a pacientes y aplico en mi propia vida.

El hecho es, darte cuenta que no es necesario pelear para vivir tu vida. Ni con los otros ni con tus propios sentimientos o pensamientos.

En cualquier momento, aunque nadie nos lo ha dicho antes, podemos abandonar la batalla, rechazar la violencia y la lucha contra lo que duele como forma de vida.

En el momento que le restamos importancia al resultado de la batalla, la necesidad de intentar vivir como creemos que tenemos que vivir tras haber luchado, entonces podemos vivir de verdad.

A vivir de verdad puedes empezar ya.

Por eso, cuando decides salirte de la aparente eterna lucha entre nuestros sentimientos y pensamientos se genera un espacio que te puede permitir vivir la vida desde otra perspectiva.

Lo que sucede, es que si dejamos de luchar o de tratar de controlar nuestros pensamientos puede surgirte la duda de quién eres o qué sentido tiene todo aquello que llega a tu mente día a día.

La buena noticia, es que afortunadamente si sabes quién eres. Lo llevas sabiendo desde que pisaste la tierra por primera vez.

Eres el campo de batalla. Eres el terreno donde se posan las emociones, sentimientos y pensamientos.

Es decir, eres la base donde se asientan todos esos fenómenos mentales. Incluso con frecuencia es posible que asistas en primera persona a enfrentamientos encarnizados y desgarrados.

Por otro lado, también eres testigo de la felicidad que te embriaga cuando juegas a tu deporte favorito y te comes ese delicioso helado mientras observas como se posa la luna en el cielo.

La batalla mental es una ilusión.

Nunca ha existido una guerra. Por eso la vida no implica que tengas que luchar. Ni contra otros ni contra tus emociones tratando de controlar. En esa batalla nunca has estado, es solo una ilusión mental.

Poniéndonos un poco abstractos, lo que realmente somos y más pronunciadamente en nuestra infancia éramos de forma natural es el “yo observador”

 De hecho, llevas presente todo el tiempo. Consciente de lo que crees que te pasa y de lo que no.  Por esto, la batalla realmente concluye cuando entrenamos la mente en ser capaz de vivenciar quien eres.

De vivenciar quien eres sin enjuiciar, sin demandar a la mente u ordenarla que observe desde el “yo observador”.

Se trata más bien de tomar esa actitud de ver las cosas tal como sin juzgarlas ni tomarlas como algo personal, sobretodo aquellas que surgen de nuestro propio interior.

Así es, como podemos vivir sin necesidad de sentir la vida como una lucha o pelea para por conseguir algo.

Viviendo con actitud de lo que ya eres, y no a través de como los pensamientos enjuiciadores y sesgos pasados adquiridos te sugieren que eres.

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